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CRÓNICA DE VIAJE: Otro gran viaje por la cordillera de los Andes

La cordillera de los Andes es un escenario impresionante en toda su extensión, y siempre que podemos nos adentramos en sus cañones subiendo sus cumbres hasta donde nos lleva el camino.

La cordillera de los Andes es un escenario impresionante en toda su extensión, y siempre que podemos nos adentramos en sus cañones subiendo sus cumbres hasta donde nos lleva el camino. El año pasado vivimos la inolvidable experiencia de pasar la noche a 3900 msnm junto a El Cristo Redentor, en Mendoza (Arg.) y este otoño el viaje vuelve a brindarnos la maravillosa oportunidad de acampar a miles de metros, con la nieve rodeándonos, con la soledad envolviendo nuestro campamento.

 

La aventura esta vez fue la cordillera chilena. Partimos de Santiago de Chile rumbo al oeste el jueves a la tarde. Transitamos como 70 kms. atravesando el "Cajón del río Maipo" y se acabó el asfalto poco antes de llegar al "Embalse del río Yeso". Luego de pronunciadas pendientes en ascenso que nos llevaron de los 500 msmn de Santiago a los 3.000 msnm de las "Termas del Plomo", decidimos acampar junto al río Yeso, en un cañadón amplio y pedregoso.

 

Era de noche, y las cumbres circundantes estaban bastante cubiertas de nieve de pocos días atrás, en deshielo prematuro. Hacía mucho, mucho frío, y el silencio de esa soledad lo llenaba todo. Dormir no fue fácil. La sensación de la altura que siempre molesta, y las bajísimas temperaturas nos complicaron el sueño, pero logramos pasar una noche inolvidable y amanecimos en un paraíso ocre pintado de blanco.

 

Un buen desayuno y seguimos adelante, buscando el final del camino. Y así fue que bordeando el "Estero de las Yeguas Muertas" un largo rato pasamos el desvío a las termas que veríamos más tarde, y llegamos a un cañadón sombrío y frío, en donde no se podía continuar.

 

La sensación de estar en el corazón de la cordillera de los Andes, a 3500 msnm, rodeados de picos que casi podíamos tocar, y con un sol que hacía muy plácida la mañana, nos brindó esa sensación de placer inigualable que sienten los aventureros, los exploradores, y los que con el miedo a cuestas se animan a subir las montañas para acercarse a si mismos.

 

El día y los días que siguieron fueron igual de perfectos. Frío a la noche, rica comida y mucho trabajo de día, el sol siempre amigo, y otra noche más, y así hasta el regreso. Visitamos las termas del Plomo que no estaban nada templadas (quizás se hayan apagado), y recorrimos varios lugares en el camino de vuelta hacia abajo. San Gabriel, El Canelo, San Alfonso, El Manzano, San José del Maipo… varios pequeños pueblos (San José es el más grande) en los que se puede comer, pasear, acampar, comprar chocolates y adaptarse a la subida, o a la bajada que es más difícil.

 

Llegamos a Santiago a la noche del cuarto día, y no la habíamos extrañado nada. No es que las alturas sean mejores que la playa, la llanura o el bosque, pero por algo inexplicable nos llama la montaña. Es casi irresistible verla ahí y no dejarse llevar por su magnetismo. Nos hace sentir tan pequeños y a la vez tan poderosos…

 

Seguiremos subiendo, y seguiremos bajando para volver a subir la cordillera. Ojalá muy, muy pronto.

 

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Autor: Guillermo Dowyer
Contacto: Info@destinosdeamerica.com

 


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